• Abuelos
  • Guardería
  • Manos
  • Niños
  • Restaurante

    Restaurante

 

Bernardo, Rafael y Manuel tienen televisor, ropa limpia, camas y buena alimentación; sin embargo, no ocultan que viven tristes por el abandono y por estar sin una familia.
 
Lo esencial en el hogar de los ancianos es la atención que recibe cada uno para hacer su estadía más amena. Si bien el 98% de las familias del barrio La Cruz vive en casas, muchas de ellas no son dignas por el grado de deterioro en el que se encuentran o por lo pequeñas que son para el número de personas que las habita.

 

 

 

 

 

 

Por Luis Miguel Cardona Aguirre
Marzo de 2015

 

         

El parqués es uno de los pasatiempos de los abuelos, asimismo el causante de discusiones entre ellos. Foto: Santiago Mesa.

                      

En el hogar de ancianos Natalia Vargas de Mejía convergen conmovedoras e interesantes historias de adultos mayores abandonados ya sea por su estilo de vida en la juventud o adultez, o porque quedaron solos al nunca tener familia pues nunca antes sintieron la necesidad de poseerla.
 
La casa está enmarcada bajo la filosofia de la Madre Teresa de Calcuta: ayudar a los más necesitados sin esperar nada a cambio y dignificar al ser humano en cualquier situación en que se encuentre.
 
El sitio inició sus actividades en enero de 2015 y cuenta con inquilinos que conviven a pesar de tener personalidades diversas. La morada sobrevive gracias a donaciones de diversos benefactores y a la gestión de la fundación.
 
La labor y fin de la residencia es brindarles calidad de vida, dignificar y recuperar la importancia de la memoria de las personas mayores, pues ellos representan sabiduría y conocimiento. El valor de cada uno de estos personajes es incalculable, todos con personalidades e historias distintas. Los servicios públicos en la zona han mejorado, aunque aún no cubren a la totalidad de los habitantes.
 
Una vida marcada por la milicia
 
Rafael María Giraldo Quintero, a sus 87 años, recuerda a la perfección su estadía en el Ejército Nacional de Colombia y en su conversación siempre lleva presente al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán:
 
“Cuando mataron a Gaitán en el año 1948 no mataron a ese señor y ya: mataron a toda Colombia”, repite una y otra vez el abuelo nacido en Manizales, mientras cuenta alguna de sus historias.
 
Hizo parte del Ejército por más de 20 años, buena parte en Bogotá. En su aspecto físico, Rafael denota una vida muy agitada y llena de emociones fuertes, tal y como lo es la vida militar.
 
La milicia parece que siempre estuvo cercana a su vida, no solo por lo que él vivió sino por su padre, quien peleó en la Guerra de los Mil Días al lado del legendario Rafael Uribe Uribe, otro caudillo liberal.
 
Un inmigrante que regresa
 
Otra de las historias de este hogar es la de Manuel Gutiérrez Cifuentes, nacido en Chía (Cundinamarca) hace 80 años. Su vida está enmarcada por el abandono. Hace 42 años se fue para Venezuela y dejó a su familia en Bogotá y a finales de 2014 regresó a la capital antioqueña por medio de la Cancillería colombiana. En el vecino país dejó otra familia.
 
De esa historia tan compleja, Gutiérrez, que no supera el metro y medio de estatura, prefiere no ahondar: “Solo quiero encontrar alguien de mi familia y entrevistarme con ellos”.
 
El caminar de Manuel está afectado. Su habitación está decorada con crucigramas, revistas y un cuaderno que le sirve de diario, en el cual escribe lo ocurrido en la cotidianidad.
 
Los achaques de una vida agitada
 
Quizás el personaje más dicharachero y lúcido es Bernardo Pérez, quien con su particular autodescripción atrapa a propios y extraños con facilidad: “Fui chofer, mecánico, pescador, soldador pero lo que más hacia era ‘cachonear’ y tomar aguardiente”, asegura él mientras suelta carcajadas estruendosas, acompañadas de una mirada pícara que ratifica lo dicho.
 
Esto seguramente se debe a que es el menos longevo de los tres. A sus 71 años aún recuerda bastante de sus años mozos y cuenta cada historia con mucha coherencia. Y aparenta estar bien, pese a las cuatro operaciones que le han hecho en los últimos años. Pero los años no pasan en vano y se apoya en un bastón para movilizarse dentro y fuera de la casa.
 
Conforme hace el recuento de su vida, poco a poco va tocando un tema indispensable para él: las mujeres. Llegó a Medellín hace más de 30 años y nunca pudo retomar su vida de nómada: nació en Aguazul (Casanare) y vivió en Bogotá, Cali, Villavicencio y Bucaramanga. Y dice que solo fue en Medellín donde logró ajuiciarse o, bueno, donde lo ajuiciaron.
 
“Las mujeres paisas son muy bravas, yo mejor me quedé”, comenta Bernardo y sigue tirando frases muy particulares: “Un hombre sin cachos es como un jardín sin flores” (esto para explicar de forma rápida y sin muchos detalles por qué decidió quedarse solo).
 
Acerca de la familia o posibles hijos, este aguazuleño abre los ojos lo más que puede y afirma: “Yo no iba a traer gente a aguantar hambre a este país. El hambre la conocí como de 18 colores”, cuenta mientras saca su celular para mirar la hora.
 
Los tres hombres tienes personalidades muy diferentes. Por lo general surgen discrepancias entre ellos a la hora de jugar parqués o hablar sobre geografía colombiana, pero son conscientes que se tienen los unos a los otros para escucharse y apoyarse. Para no morir en la tristeza y sentirse acompañados en un momento de la vida en que no tienen a nadie más.
 
______________________________________________
 
 
 
 
 
© 2016 Fundacion Teresa de Calcuta. Medellín, Colombia
Carrera 23 C No. 75c- 26 Barrio La Cruz