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Cada año, entre 250 y 300 niños del barrio La Cruz estudian en nuestra institución educativa.
 
Pese a ser de carácter privado, no tienen que pagar mensualidad. Está ubicada en el Nororiente de Medellín, en la Comuna 3, justo donde termina la zona urbana y comienza el corregimiento Santa Elena.
 
El Colegio Básico Santa María de La Cruz los recibe cada día con la motivación de transformar sus vidas por medio del aprendizaje y el amor.
 
 
Por Lina María Arroyave Ceballos
Marzo de 2015
 
 
 
Es difícil pensar que en un sector de estratos 0 y 1 exista un colegio privado. Pero gracias al sacerdote Miguel Pérez –fundador y rector del plantel–, una docena de profesores, más de 20 voluntarios y benefactores, estos niños pueden contar con su derecho a la educación y la alimentación, sin depender de un apoyo del Estado.
 
Esta institución educativa, mediante ayudas que ofrecen personas particulares y diferentes alianzas con otras entidades, contribuye al futuro no solo de los niños sino de mamás, abuelos y personas que principalmente llegaron desplazadas de diferentes zonas del país y que residen en esa parte de la Comuna 3, en el Nororiente de la ciudad.
 
“Son pelaos que si no atendemos, en el futuro pueden estar en los combos [pandillas] porque han sido violentados –afirma el sacerdote Miguel Pérez–, carecen de una alimentación adecuada, sufren por la pobreza, entre otras muchas situaciones a las que se enfrentan en sus casas”.
 
Una primaria también para adolescentes
 
La institución cuenta con ocho grupos de preescolar a quinto grado. Sin embargo, su especialidad está en los dos grupos “extraedad” que trabajan bajo la denominación de Metodologías Flexibles. Uno es Procesos Básicos, en el que están chicos de 9 a 16 años que presentan problemas para leer y escribir.
 
El otro se conoce como Aceleración del Aprendizaje que recoge a muchachos de la misma edad que tienen las habilidades básicas necesarias, pero tienen edades superiores al promedio para cursar los grados tercero y cuarto. El objetivo de ambos es apresurar el proceso de aprendizaje para que logren la meta propuesta y mejorar la calidad de su educación.
 
“Esos son los grupos más especiales del colegio –asevera el sacerdote–. Ellos son los chicos más vulnerables, pues vienen muy violentados de la casa y del barrio. Incluso los tratan mal por no saber leer. Aquí les damos un espacio solo para ellos. Contamos con dos profesores que están con ellos con el fin de enseñarles a leer y a escribir nada más. No ven ninguna otra materia diferente a lenguaje y matemáticas”.
 
“El padre Miguel es un alcahueta”, expresa Janeth Guisao, encargada del mantenimiento del colegio: “Él podría decir: yo vivo por allá abajo, no me hace falta nada; pero no, dice que lo primero para él son sus ‘hijos’, como llama a todos estos. Nosotros deberíamos agradecer bastante esta labor, nos ayuda mucho”.
 
La mayoría de los alumnos son niños y jóvenes que no contaron con cupo en otras instituciones, muchos de ellos por tener una edad avanzada para la establecida para los cursos y algunos otros por tener una hoja de vida poco aceptable.
 
Elvia Cortines, madre de Juan Sebastián, Juan Esteban, Jonathan, Alexis, Eider de Jesús y Julián, considera que el proceso de formación es muy bueno: “Mi hijo mayor de 13 años tuvo un tiempo en que no quería estudiar, pero veo que este año sí quiere aprender. Me gusta que esté aquí porque le han enseñado mucho, lo tuve en otra institución y no progresó, aquí si quiere aprender a leer”.
 
Proyectos de apropiación que hacen la diferencia
 
El Sistema de Huertas y Educando para la Paz son dos asignaturas que incluyeron en el programa educativo para apuntar a que los alumnos se apropien de dos cosas: por un lado, de un pequeño terreno en el que siembren y aprendan las labores del campo.
 
Y, por el otro, que conciban la paz como un elemento que deben tener presente siempre en sus vidas. En este proceso, los niños más difíciles tienen el rol de conciliadores, para que de esta forma su opción no sea pelear sino ayudar a que sus compañeros convivan sanamente.
 
A Isabel Pérez, de 12 años, y a Daiana Andrea, de 11, les encanta asistir al colegio porque aprenden de las materias básicas, por la huerta de su grupo y por la calidad de sus maestros: “En otras escuelas no hay huerta, aquí nos enseñan de verdad”.
 
Según ellas, los profesores siempre están pendientes de los alumnos, de sus relaciones con los demás y de impartirles conocimientos a diferencia de otros colegios en los que han estado: “Yo tuve una profesora que se mantenía en el celular, no nos enseñaba nada”, concluye Isabel.
 
La huerta es motivo de integración, cuidado y trabajo en equipo. Los niños se sienten felices al poder contar con este proyecto. “Vea como la tenemos de bonita”, expresa con orgullo Jefferson Correa Usuga, alumno de 11 años.
 
“Es una obra hermosa”
 
Las caras de los maestros irradian felicidad de lunes a viernes desde la 7 de la mañana hasta la tarde cuando finaliza la jornada escolar. Para Wilson Aguja, docente del grado primero, es de gran satisfacción ayudar a mejorar la calidad de vida de los niños:
 
“El profesor que esté trabajando en este contexto tiene que levantarse todas las mañanas no con el ánimo de ganarse mucho dinero sino de aportarle su granito de arena al país. Esto tal vez lo hace a uno feliz. A mis 29 años podría estar en otro lugar trabajando, pero yo me siento muy bien haciendo esto, los niños me hacen falta”.
 
Jazmín Moreno, mamá de Félix Franco, alumno del grupo Aceleración del Aprendizaje, considera que los niños son como una familia: “Ellos son muy integrados y algunas de las mamás también lo somos, estamos ayudando a sacar a nuestros hijos adelante. A veces no es la cantidad sino la calidad, estar pendientes del encuentro con ellos es muy necesario, pues para qué hacerlo cuando ya se mueren”.
 
Aunque no es un establecimiento lleno de comodidades, con esfuerzo y amor logran impartir esperanza, llenar vacíos académicos, afectivos y sociales, además de marcar un cambio en el pensamiento hacia el progreso.
 
“Yo me baso en el amor, pero con autoridad –confirma Nancy Ortega, docente de la institución–. Soy consciente que son niños y que son muy activos, por tal motivo hay que ser pacientes y aprovechar cada situación para mejorar e impactar la vida de cada uno”.
 
Janeth Guisao es la encargada de mantener la escuela limpia, sin peligros y organizada. Ella considera que la obra es hermosa. “El padre le ha colaborado bastante a los niños con este colegio. Aún faltan muchas cosas por mejorar, pero el proceso de aprendizaje es excelente”.
 
Como mamá de Vanessa de 4 años (en guardería) y de Johana de 8 (en tercero), se siente muy agradecida. Su hija mayor tiene más sentido de pertenencia, cuida más las cosas y le ayuda en sus labores diarias si es necesario.
 
“Es más responsable de sí misma, llega a la casa diciendo que el profesor les recomienda lavarse las manos, quitarse el uniforme y hacer las tareas –afirma orgullosa–. Y lo cumple al pie de la letra”.
 
Aunque todos los niños presentan niveles de aprendizaje diferentes, el amor, el compromiso y hacer las cosas que los hacen felices motivan al sacerdote Miguel, a Pedro, a los docentes y a todas las personas que hacen posible esta obra, a apostar por una educación completa y un abanico abierto de oportunidades para los niños y jóvenes de este barrio.
 
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